Capítulo 6: El entrenamiento del joven elfo

Las sombras de los arboles se alargaban cada vez más en el tranquilo bosque de Thorin. El sol casi terminaba de esconderse a la vez que una Argan y Velian tenían medio cuerpo ya fuera por el horizonte. Los animales empezaban a resguardarse para pasar la noche, pero todavía algunos estaban aprovechando los últimos momentos del día para recolectar un poco más de alimentos. Esos eran los objetivos de un joven elfo tirador que se hayaba de pie en la rama de un árbol en lo más profundo del bosque thorinya. Con mucha calma y movimientos suaves, el bello elfo cogió una flecha del carcaj que llevaba en la espalda y la colocó en el arco que sostenía, con un ligero silbido del roce de la flecha con la madera del arco. Aparentemente quieto, pero con ojos avizor, encontró un pequeño cervatillo que iba a la rezaga de la manada y con movimientos precisos y la fiera de un felino, el joven elfo preparó el arco, apuntó, cerró los ojos, soltó la flecha, y mató al cervatillo de un flechazo limpio, que apenas se escuchó pero lo suficiente para sus sentidos agudizados de cazador elfo. Efectivamente, tras oir el cervatillo caer, abrió los ojos y allí estaba con una flecha clavada en el cuello a varias decenas de pasos del joven.
Silencioso como una pluma, pero ágil como un guepardo, el joven tirador bajó del árbol y se acercó al cervatillo muerto, mientras sacaba un cuchillo de curtir. Colocándose el arco en el hombro izquierdo y sujetando el cuchillo con la derecha, se agachó y observó atentamente al pobre animal. Sin cambiar la expresión de su rostro, acarició con manos delicadas el pelaje y la dureza de los músculos.

– Buena caza, sí señor. El maestro estará orgulloso. Descansa en paz, pues hoy harás un servicio noble alimentándonos – susurró el joven elfo.

Con mános ágiles y firmes, el elfo desolló el cervatillo de forma experta, rajándolo de punta a punta por la barriga, para a continuación sacar los órganos, separar la piel de la carne, y trozeando las piezas comestibles que las guardó en su petate de jornalero. Apenas se había manchado de sangre, pero lo poco que lo hizo, se las limpió en unas hierbas que había cerca. Los restos quedarán para otros animales, dijo mentalmente nuestro joven cazador mientras se alejaba de camino a la cueva donde le esperaría su maestro y guía, el druida excéntrico Thruth.

Justo cuando los últimos rayos de sol se ocultaban tras la montaña, llegó el elfo a la cueva oculta del claro nyathor, donde llevaba 9 años entrenando en secreto con su maestro y unos osos peculiares. El maestro le había enseñado un pasadizo oculto que llevaba directamente al bosque, sin pasar por el poblado, así de paso practicaba el arte del subterfugio.
Primero, dejó el arco y demás enseres en su particular habitación, una cama hecha de hojas y un par de muebles muy rudimentarios, luego dejó un poco de carne para los osos de la cueva, otro cerca del bloque de piedra que hacía de altar, y con los últimos trozos se acercó hasta su maestro.
Una pequeña hoguera delimitada por rocas se encontraba en la estancia donde se hayaba Thruth meditabundo y susurrando para sus adentros, sentado en una roca grande y plana que hacía de silla. En frente, otra roca similar, para el joven cazador, quedando la hoguera en medio. Colocando la carne con delicadeza en el suelo y gastando cuidado que no se manche de suciedad, dijo:

– Maestro. No ha sido un ciervo muy grande, pero tenemos provisiones para esta noche y para mañana… – dijo con voz media el elfo.
– Lo sé, lo sé. Recuerda que siempre te observo, aunque ni me veas ni me creas – le cortó el druida casi como un gruñido.
– Disculpa maestro. Aún me sorprende de lo sabio que sois y de vuestras habilidades – respondió el joven bajando la cabeza.
– Ven, acompáñame. Deja la carne aquí, luego volvemos para cenar, pero quiero enseñarte una cosa antes – dijo el druida mientras se levantaba y salía de la habitación con la hoguera.

En un pequeño saliente de la cueva, donde se podía observar el bosque en su extensión, el sabio druida señlaba el horizonte:

– ¿Ves aquella fortaleza? – dijo justo cuando llegaba el elfo.
– Sí, la veo. Parecen humanos con armaduras – respondió este afinando la vista.
– ¡Exacto! Es la fortaleza de Poldarn, los caballeros de Eralie. Allí más atrás de la fortaleza están los montes del destino. Tu camino es el contrario – indicó el druida señalando hacia el lado opuesto.
– Veo el sendero que sale del bosque, el que todavía no me habéis dejado usar para salir maestro. Y sí… a lo lejos parece que hay murallas, pero no las distingo bien – volvió a responder el joven elfo girando la cabeza.
– Pues ese es tu camino. Allí se encuentra Takome, el bastión del bien. Haré que te encuentres con un viejo amigo. Ahora cenemos y descansa, mañana será un día largo para tí – decía el druida volviendo a entrar en la cueva y sin esperar al joven, como era de costumbre.
– Pero… maestro… pero ¿Y las arañas? ¿Y los hombres-lagartos? ¿Qué pasa con mi venganza? … – casi gritó el joven elfo a la espalda del maestro.
– Llegará tu venganza, joven e impaciente elfo, pero todavía no. Te queda mucho por aprender, pero ya tienes 40 años, llevas 9 años aquí, es hora de seguir con tu entrenamiento y este sitio ya no puede aportarte más… o quizás sí. Mañana lo averiguaremos, querido Raiduan – respondió tranquilamente el excéntrico druida mientras desaparecía por un recodo de la cueva.

Tras una silenciosa cena, el joven tirador se fue a dormir por última vez en este sitio, en esta cueva que había sido su hogar por 9 años y ahora tendría que decir adiós. Sin embargo, un pensamiento le atormentó toda la noche… «Cuando llegué a este sitio, Thruth dijo que me iría de aquí con algo muy grande, más que un oso, pero todavía no sé el qué y mañana es el último día… »

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